
"Slumdog Millonaire" no es una película sobre la pobreza del mundo ni un retrato de Mumbai, sino una fabula épica y romántica.
La historia y comentarios previos de Slumdog Millonaire daban cuenta de una película que caminaría por la cornisa moral y ética que impone el cine, aquella delgada línea donde el espectador se expone a la mirada primer mundista de los países más pobres del planeta; un cine donde la abyección, el miserabilismo, la estilización de la pobreza y la crueldad con los personajes son moneda corriente. Afortunadamente, la ultima película de Danny Boyle mantiene el equilibrio, permanece firme y evita el vacío al que muchos directores “prestigiosas” con obras “importantes” cayeron de cabeza.
El director británico centra la narración en la historia de Jamal, un joven indio que participa en la versión local del programa “¿Quién quiere ser millonario?” y obtiene el premio de 10 millones de rupias. ¿Cómo puede ser que un chico de tan solo 18 años, nacido y criado en un barrio marginal de Bombay, alcance el premio al que decenas de médicos, ingenieros y docentes no pudieron acceder? Ante la sospecha de fraude, el protagonista es detenido para ser interrogado por dos policías que, pese a su desconfianza inicial, terminaran aceptando la versión que este les da: cada pregunta se remitía a un hecho puntual de su vida.
Analizando la película superficialmente, resulta difícil tomar “en serio” las casualidades y las arbitrariedades que el guionista de Full Monthy, Simon Beaufoy, creó basándose en el libro Q & A, escrito por el hindú Vikas Swarup. Pero si tenemos en cuenta la visión de la película y que el narrador es un adolescente que remite a hechos ocurridos en su niñez, es lógico y justificado los desvaríos que se muestran.
Se comparó mucho a Slumdog... con la última película de Iñarritu, Babel, y con la oscarizada “Cuidad de Dios”, del brasileño Fernando Meirelles, alegando que las tres practican un tour de force por las (cotidianas) penurias humanas y materiales que soportan sus personajes. Se criticó con ahínco la escena inicial donde el protagonista cae, en un ralentizado primer plano, a un enorme charco de mierda mientras de fondo suena la música que adereza sorna y burla a una escena que no lo merece. Sí, es verdad. El director manipula las imágenes y el sonido para provocar risa en un momento que no lo amerita. Pero, ¿quién está contando ese episodio?. Si un chico de 18 años cuenta la odisea que atravesó para conseguir el autógrafo de su máximo ídolo; el riesgo que implicó para él sumergirse en las profundidades del lodo de mierda, ¿ Por qué contarlo en un tono sombrío y lúgubre? Si él lo recuerda como algo épico, trascendental en su vida. ¿Por qué no narrarlo como tal? Al fin y al cabo, ¿Qué historia épica no peca de exagerada y estilizada? Lo que en Babel era miserable, abyecto y subrayado (una joven japonesa muda en un Tokio que luce futurista, alienante y opresivo para remarcar las dificultades para comunicarse en medio de la constante globalización); aquí es colorido, pop y frenético, como los recuerdos que un adolescente tiene de su niñez.
Boyle no cuenta una historia sobre “lo mal que esta el mundo”, Bombay no es más que el centro de una fábula romántica sobre el primer (y único) amor, sobre la búsqueda incansable de la persona a la cual se ama. Ése es el nudo de la película, el eje de la narración. La historia late al ritmo que lo hace el corazón de Jamal. Él no llora cuando se muere su madre ni cuando pasa hambre, frío o se siente solo; sino cuando la posibilidad de perder a Latika es latente, cuando el motivo por el cual vivió doce años esta a punto de perderse para siempre.El final no hace mas que marcar el tono ficcional de la historia: al mejor estilo Bollywood, todos los personajes bailen alegremente en el andén de la estación central de la capital India, una especie de Constitución local, remarcando que lo que vimos no fue real, que el mundo que habitamos durante los últimos 120 minutos no tiene conexión alguna con el cotidiano y que una fábula épica y amorosa tan grande sólo es posible que exista en la pantalla grande.